Tuve un tío al que siempre se me dijo que había que consentir. Claro, era muy ilustre, eso no se duda, y generoso, lo cual para mí es difícil de saber, ya que la plata siempre le sobró. Cada vez que llegaba a casa me obligaban a ir a saludarlo, como si se tratara del rey, emperador, presidente o lo que sea, del reino, imperio, república o lo que sea.
Tal vez fuera por haber sido obligado que yo iba de mala gana, aunque me cuidaba en ser educado al saludar. Al verme, mi tío siempre tenía algo que decir: córtese el pelo, aféitese la barba, cámbiese esa remera, ese pantalón, esas zapatillas, no diga estupideces, cuándo va a estar de novio, por qué no estudia derecho, por qué no puede ser más como su primo, y una lista increíblemente larga de etcéteras. Es más, creo que podría saber exactamente cuántas veces lo vi si conociera el número exacto de reproches que me ha hecho.
Bueno, son cosas de familia. A mí mi tío me parecía autoritario, arbitrario e intolerante, pero la estadística proclama que el equivocado era yo. Ahora ya está, yo podré seguir siendo como soy y no creo que vaya a seguir escuchando sus reproches. Igual, estoy seguro que donde sea que esté habrá aprendido a ser más tolerante. Tal vez yo llegue algún día al mismo lugar y aprenda a ser más obsecuente. Por el momento, y en el actual estado de cosas, mi homenaje para él será dejarme la barba hasta las rodillas; supongo que se sentirá gustoso de estrenar su nueva virtud.

1 cosas que se le ocurrieron a los que lleyeron:
dejarse la barba hasta las rodillas es un buen homenaje para cualquiera!
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