miércoles 30 de marzo de 2011

Bienaventurados sean los ricos

Con una larga noche por delante, sigo a medias y sin interés una mala película. Estoy en un colectivo rumbo a Córdoba desde Mendoza. Escucho música con auriculares, me quedo dormido de a ratos y cuando pienso lo hago más en estas palabras que en la película, pero igual consigo seguir la trama a grandes rasgos.

Trata sobre un chico que por alguna razón va y viene entre su familia natural, humilde, y una adoptiva, de clase alta. Parece ser un proceso paulatino de adopción. En un momento determinado el padre natural, obrero, alcohólico, de barba desprolija y pelo largo grasiento, empieza a arrepentirse; entonces, el padre adoptivo, amable, de aspecto atlético pero elegante, millonario a pesar de que no parece estar trabajando nunca, decide hacerle una visita para hablar en buenos términos. Por la terquedad e intespestividad del primero, se trenzan en una pelea que el segundo trata de evitar incluso a costa de recibir todos los golpes. El padre natural le jura al adoptivo que nunca va a tener a su hijo, se burla de su incapacidad para procrear y se va, dejándolo tirado en el suelo. Antes de entrar a su casa, vacía una botella de whisky. Entra, es brusco con su hijo que termina lastimado y después golpea a su mujer. Desde este punto la película empieza a resolverse con torpeza hasta que la madre natural del chico firma los papeles y el chico es adoptado definitivamente por la familia de clase alta. El final muestra a padre, madre e hijo adoptivos navegando en un velero; todos sonríen, el padre deja manejar al hijo, le pone en la cabeza el gorro de capitán, la madre los abraza a ambos y los tres miran al frente sonriendo como si ahí estuviera la olla de oro al final del arcoiris.

Moraleja: los pobres son alcohólicos, golpeadores y malos padres, por eso los ricos siempre ganan.

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