Hace exactamente dos años una tía llamo indignada a casa y pidió hablar con mi madre. Cuando ésta la atendió, aquélla empezó a decirle, indignada, que era un horror, una aberración, una abominación que yo hubiera hecho una celebración dos días antes, el sábado 6 de octubre de 2007. Mi madre le contestó, intentando calmarla, que bueno, era mi decisión, si yo lo sentía así ¿quién podía cuestionarme? No sirvieron estas palabras, ni ningunas otras, para calmar a mi tía, quién seguía igual de indignada cuando cortó.
A mí no me importó. Lejos de preocuparme la sentencia de mi tía, sólo pude sentir alivio por no haber sido yo el que atendiera el teléfono. Yo no soy tan diplomático y conciliador como mi madre. Sin tapujos, la hubiera mandado al diablo, tachándola de arpía. La hubiera felicitado, sí, por tener tanto tiempo libre como para meterse en lo que no le incumbe. En definitiva, hubiera creado un nuevo problema familiar.
Ahora bien, sé que no son muchos los que están de acuerdo con que festeje el 8 de octubre como un segundo cumpleaños. La mayoría pensará que es tonto o excéntrico. También habrán los que compartirán la opinión de mi tía, y dirán que es una aberración.
¿Importa en este asunto cómo lo sienta yo?
Yo siento que el hecho de haber ido en el auto de la foto y estar hoy escribiendo estas palabras es motivo suficiente, y hasta más relevante que el día en que me tocó nacer, para festejarlo como mi cumpleaños. Es el nombre que yo quise darle a esta fecha, porque siento exactamente eso, que nací de nuevo.
Del primer nacimiento no me acuerdo. Del segundo sí. Recuerdo días tristes, difíciles, física y mentalmente dolorosos. Pero también recuerdo el afecto de todas esas personas que estuvieron a mi alrededor desde que me desperté en el hospital hasta que estuve bien. Recuerdo cómo las visitas, los globos, las flores, los peluches, las cartas y todos los gestos de cariño me mantuvieron vivo y me ayudaron a estar bien hoy. Recuerdo cómo cuando estuve bien para volver a funcionar en el mundo ya no volví a ser el mismo que antes; empecé a ver la vida de otra forma, a valorar otras cosas, a querer y disfrutar más a quienes tengo alrededor.
El 8 de octubre de 2006 me cambió. Ya no volví a ser el mismo. Nací de nuevo.
Si a alguien no le gusta que lo llame cumpleaños, es libre de no compartir la terminología y no decirme feliz cumpleaños hoy (veo llover en facebook saludos de gente que tal vez se sienta estafada cuando sepa que "en realidad" nací el 24 de octubre). Si a alguien le parece tonto, es libre de sentirlo así. Hasta son libres de compartir la opinión de mi tía, de que esto es un horror, una aberración, una abominación.
Pero ¿qué de malo tiene que celebre estar vivo? Supongo que mi tía piensa que celebro lo que sucedió. ¡Qué mente tan estrecha! ¿Cómo puede ocurrírsele a alguien que yo celebro haber causado tanto dolor en mí y en quienes me rodean? ¿A quién se le ocurre pensar que soy tan indolente como para celebrar mi propia irresponsabilidad?
Celebro el milagro de estar vivo (¿no es eso una fractura en la cuarta vértebra cervical a dos milímetros de los centros de respiración autónoma?). Celebro haber descubierto cuánta gente hay que me quiere, haber aprendido por el golpe a disfrutar la vida como la disfruto hoy en día, sentirme mucho más feliz que antes.
Igual que un cumpleaños no es la celebración del parto en sí ni del dolor que éste produce, yo hoy, 8 de octubre, no celebro el dolor, sino el milagro de la vida... el nuevo milagro de la vida.