Hace algunos años, leí un libro que me cambió la vida. Empezaba así:
Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oir que el conductor - un negro de mediana edad - me saludaba con un cordial “¡Hola! ¿Cómo le va?, saludo que ofrecía a todo el mundo que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban sorprendidos como yo, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron al saludo.
Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monologo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguién había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana?. El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultaba contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados de la caparazón de mal humor con la que habían subido; y cuando el conductor gritaba un “¡Hasta pronto, que tenga un buen día!”, cada uno respondía con una sonrisa.
El libro, como se deduce del título de este post, es Inteligencia emocional, de Daniel Goleman. No sé si sea un libro de autoayuda o qué. Ni siquiera sé exactamente qué sea la autoayuda, pero me suena a Bucay, quien no me merece una pizca de respeto. En su momento no me pareció que Daniel Goleman fuera uno de los tantos gurúes de la autoayuda, aunque no sé qué me parecería hoy el libro.
Cuando lo leí, me pareció un libro lleno de buenas ideas potencialmente muy aplicables. Una de esas tantas ideas es la que está esbozada en los dos párrafos que extraje, o sea cómo uno puede contagiarle el buen humor y las buenas energías a los demás.
Lo vivo permanentemente en mi vida. Hace unos días, entré a una librería a comprar un marcador. Justo antes de mí había entrado un hombre con una tonelada de pequeños recortes para fotocopiar. La chica que atendía no estaba del mejor humor, pero empeoró notablemente con lo engorroso de la tarea, sumado esto al despiste del hombre, que la obligaba a repetir algunas copias. Durante los cinco minutos que esperé, la chica trató mal al hombre de todas las formas posibles e ignoró su saludo cuando se fue. Al atenderme a mí, bufaba de bronca, lo cual contrastaba con mi excelente humor. La transacción estuvo repleta de chistes tontos, que ella recibía con indiferencia primero y con miradas extrañadas después. Antes de irme, ella me preguntó si necesitaba factura, a lo que respondí "no, te la perdono, no quiero que me mates". No soy un gran humorista ni irradio carisma, pero mi comentario estúpido hizo que la chica se riera y me despidiera de buen modo. Cuando miré a través de la vidriera, estaba sonriendo.
Es sorprendente lo fácil que resulta transformar el humor de la gente. No siempre funciona, claro, pero por lo general alcanza con buen modo, una sonrisa y comentarios tontos. Esto no sólo mejora la calidad del tiempo de los demás, sino el propio. Genera una gran satisfacción encontrar a alguien de pésimo humor y lograr que se ría, o por lo menos que deje la bronca de lado.
Junto con muchas otras, esta es una de las enseñanzas que logré extraer de Inteligencia emocional. Después aprendí, en dos años de Psicología, que no es una teoría ni muy seria, ni muy novedosa, pero lo importante no es de cuánto prestigio goce una teoría, sino cuánto le sirva a uno. Y a quien me lea y le sirva, aquí le transmito algo de lo que yo aprendí. Satisfacción garantizada.

1 comentarios:
A veces, en Colón y Cañada, tomaba el colectivo que me llevaba a trabajar al barrio San Vicente. No recuerdo qué linea era, pero debe haber sido uno de los E. No viene al caso. La cuestión es que el chofer que me tocaba habitualmente (o sea, cuando estábamos en horario tanto el colectivo como yo) era del tipo que describe Goleman. Un tipazo, para decirlo en criollo. Saludaba con una gentileza y una elocuencia admirables, y hacía chistes todo el viaje, con auténtica chispa cordobesa. El clásico era: "tiene sueño señora? Aguante un cachito, ya sale el café... se está calentando la máquina" (y dicho esto colocaba la mano sobre la máquina que imprime el boleto, como quien le prueba la temperatura). La verdad es que era un gusto viajar, aun cuando ya se había hecho un hábito y se podían anticipar las ocurrencias. Me pregunto si todavía andará por las calles cordobesas. Sinceramente lo había olvidado, pero me gustaría algún día intentar reencontrarlo, y aceptarle un cafecito.
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