Ayer a la mañana venía por la 9 de julio buscando dónde estacionar, hasta que pasando Avellaneda, en frente del Carbó, un auto dejó su espacio justo cuando yo llegaba. En el acto encendí las balizas y puse en práctica el manual del buen estacionador: pasé de largo el lugar a la distancia apropiada respecto al auto a mi lado, giré todo el volante para comenzar la maniobra y me fijé en los retrovisores, esperando el momento. Al hacer esto noté que justo detrás del espacio había estacionada una patrulla con los dos policías adentro. Dudé algunos instantes, no sé bien por qué. ¿Qué puede tener de malo estacionar delante de una patrulla? Saqué el pensamiento de mi cabeza, y cuando el tráfico me lo permitió hice las maniobras y estacioné.
Me bajé del auto con un puñado de monedas y me dirigí al parquímetro. Calculé que iba a permanecer en el lugar unas cuatro horas. Aparté entonces ocho monedas de cincuenta centavos y empecé a meterlas una por una en el parquímetro, con el intervalo suficiente para ver cómo el aparato registraba cada nuevo pago.
Cuando había introducido dos pesos con cincuenta (dos horas y media en tiempo), escuché un golpeteo desde la izquierda. Era el policía sentado en el asiento del acompañante de la patrulla, que buscaba llamar mi atención dando golpecitos al parabrisas con la macana y me hacía señas de negación con el índice, algo que me desconcertó totalmente. Fruncí el ceño intrigado, lo cual tornó más enfática su señal, que ahora acompañó apuntando el parquímetro con la macana. Como yo todavía no entendía, me hizo señas para que me acercara. Obedecí algo preocupado, no sabía qué me esperaba. ¿Acaso mi duda inicial era válida y había alguna razón para no estacionar ahí? En ese caso iba a lamentar la pérdida del espacio perfecto, de algunos minutos y de dos pesos con cincuenta.
Al llegar al lado de la puerta, el policía bajó la ventanilla y, contrariamente a cualquier cosa que hubiera esperado, me dijo "no te gastes, no hay inspectores hoy... están de paro". Entonces recordé que esa mañana había asamblea de municipales y entendí el por qué del caos vehicular. "¡Cierto! - le dije al policía - ¡Qué estúpido! Gracias." Me respondió con una inclinación de la cabeza y volvió a subir la ventanilla.
Sintiéndome un tonto, busqué mi bolso del auto, puse la alarma y me fui, haciendo caso omiso de la insuficiente cuenta regresiva de dos horas y media. Pero mientras caminaba ya no estuve tan seguro de mi primera impresión de la situación, y recordé algunas cuestiones de Introducción al derecho. ¿Acaso la obligación de pagar por el estacionamiento en la vía pública deriva de la sanción de la cual uno puede ser pasible si no lo hace? La multa no puede ser la causa, me respondí, es apenas la consecuenica. La multa es la consecuencia sansionatoria de incumplir ese deber cuya obligatoriedad tiene fundamento en otros asuntos, como la necesidad de la municipalidad de generar recursos para financiar los gastos derivados del mantenimiento del orden vehicular. En definitiva, pagar por el estacionamiento termina siendo una cuestión de civismo. Podría fundamentarse el no pago en que ese día los inspectores no estaban trabajando, pero ese es otro tema.
Se me ocurrió un ejemplo clásico: la obligación de poner el guiño. En Córdoba no existe la multa de tránsito por no poner guiño, pero aún así es obligatorio. Si bien esta obligatoriedad parece vacía en primera instancia, puede encontrarse algún contenido si al no poner guiño uno provoca un accidente. De lograr probarse esta situación, será un elemento de culpabilidad. No creo que exista una consecuencia así de práctica respecto a la obligación de pagar por el estacionamiento en ciertos sectores de la vía pública, pero no por eso deja de ser obligatorio ¿o sí?
Sea como sea, terminó sonándome bastante extraño que fuera justamente un agente de la ley (provincial) el que me empujara a contravenir una ordenanza (municipal). En ese sentido, me imaginé a un zorro gris empujándome a asaltar un kiosco por no haber policías cerca. Resulta absurdo, pero algo así fue la situación.
En definitiva, está claro que somos hijos del rigor, y eso es bastante malo. Pero peor aún, si este tipo de policías son quienes representan ese rigor del cual somos hijos, creo que más valdría ser huérfanos. De todas formas, en gran parte lo somos, ya que en estos días muchos de nuestros padres están de huelga y asamblea por tiempo indefinido.

2 comentarios:
a mi me enseñaron que la amenaza de consecuencias legales jamás podrá ser suficiente por si sola para que la gente cumpla la ley.
p.d. pasé todo el post esperando que vuelvas a pagar el $1.50 que faltaba.
Eso es cierto Andy. En parte, es el otro extremo: la amenaza de consecuencias no son suficientes para que la gente cumpla ni el fundamento de la obligatoriedad.
Y sí, a mí también me quedó dando vueltas por la cabeza eso de ir a pagar lo que me faltó. Supongo que ni siquiera buen boludo soy...
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